Martin Heidegger, «Ser y Tiempo»/Günther Anders, «Ser sin Tiempo»/ «Educación sin Tiempo»

Hubo un tiempo en que la docencia se parecía al silencio. No un silencio vacío, sino denso: el de las bibliotecas, el de las salas de profesores donde descansaban periódicos abiertos, libros subrayados, cuadernos con anotaciones al margen. El profesor no estaba permanentemente disponible. Leía. Pensaba. Se demoraba. La enseñanza no era una sucesión de estímulos, sino una práctica de transmisión lenta, sostenida por el estudio riguroso y la reflexión prolongada.

Hoy, ese tiempo parece arcaico. El docente contemporáneo habita otro régimen temporal: el de la aceleración constante. El móvil vibra, el correo reclama respuesta inmediata, WhatsApp irrumpe incluso en el aula, y las redes sociales exigen presencia continua. Todo debe mostrarse. Todo debe documentarse. La enseñanza ya no se contenta con la autenticidad del ser: debe ser mera apariencia. La docencia se convierte en imagen, en audio, en icono, o en likes. El estudio reflexivo cede el paso a la lógica influencer del instagramer.

Byung-Chul Han ha descrito este desplazamiento como el triunfo de la positividad. Ya no se prohíbe el tiempo lento; simplemente se lo vuelve imposible. En La sociedad del cansancio, señala que el exceso de estímulos destruye la atención profunda y produce una hiperactividad estéril (Han, 2012, pp. 33–35). El docente actual no descansa porque no puede desaparecer. Incluso en la estabilidad funcionarial, se exige a sí mismo una actividad constante, una visibilidad permanente que simule compromiso y eficacia. Que lo sea verdaderamente es harina de otro costal.

Antes, la sala de profesores era un espacio de retirada parcial del mundo. Allí se leía el periódico, se discutía un libro, se compartía una idea. Hoy, ese espacio se llena de pantallas. Cada docente mira su propio dispositivo; el mundo ya no se comenta, se consume. La conversación se fragmenta. La atención se dispersa. El tiempo común se diluye en notificaciones o en conversaciones sobre el tiempo, las vacaciones, el próximo viaje o intento de huida, la última dieta de moda…

Han escribe que el sujeto del rendimiento se explota a sí mismo creyendo realizarse (Han, 2012, p. 32). El docente contemporáneo encarna esta paradoja. Nadie le exige convertirse en influencer educativo, pero siente que debe hacerlo. Publica actividades, proyectos, imágenes de aula; convierte su práctica en escaparate. La cultura cede su lugar a la performance. El estudio —lento, silencioso, invisible— se percibe como improductivo, casi sospechoso. Abrir un libro en la sala de profesores se percibe como propio de alguien que no trabaja como un profesor postmoderno debe.

En Psicopolítica, Han advierte que el neoliberalismo no domina mediante la prohibición, sino mediante la seducción: incita a mostrarse, a comunicarse, a exponerse (Han, 2021, p. 14). El docente ya no es solo mediador cultural; es gestor de su propia imagen. Su propia imagen, como hemos comentado en otro artículo, es objeto de mercadeo. Por contra, la lectura profunda de un libro no genera contenido. No se fotografía. No circula. Por eso desaparece, por improductiva, lenta e ineficaz.

Así, el tiempo largo del estudio se fragmenta en gestos breves. En lugar de leer obras completas, se consumen datos sueltos. En lugar de escribir artículos o libros, se producen comentarios efímeros. La cultura se vuelve ligera, inmediata, intercambiable. Han subraya que la aceleración destruye la capacidad de maduración: todo debe producir un efecto rápido y visible (Han, 2023, p. 22). La docencia, sometida a este ritmo, pierde espesor, cuerpo, densidad.

El móvil acompaña al docente como una prótesis. Incluso cuando no suena, ocupa la atención. El correo electrónico no descansa; WhatsApp invade el tiempo personal; Instagram ofrece el escenario donde la enseñanza se estetiza. La pedagogía se vuelve fotogénica. Pero esa visibilidad no genera profundidad, sino agotamiento. El profesor ya no se cansa de pensar, sino de reaccionar a infinitos estímulos.

Frente a este ruido, Han propone la recuperación de la vida contemplativa. No como nostalgia romántica, sino como resistencia. Pensar requiere interrupción. Leer exige tiempo no colonizado. En La sociedad del cansancio, insiste en que solo el aburrimiento profundo permite que algo nuevo emerja (Han, 2012, p. 35). Sin ese vacío fértil, la docencia se reduce a gestión de estímulos, Lidl-azgos estériles, postureo vacuo, indigencia intelectual.

La imagen del jardín, desarrollada en Loa a la tierra, ilumina esta pérdida. El jardín no se deja acelerar. Obliga a esperar, a observar, a cuidar sin exhibición (Han, 2019, pp. 12–14). El viejo profesor cultivaba libros como quien cultiva plantas: con paciencia. El docente contemporáneo, en cambio, administra imágenes. El jardín ha sido sustituido por el feed.

No se trata de idealizar el pasado, sino de reconocer lo que se ha extraviado. Cuando el docente deja de leer en silencio, deja también de transmitir mundo. La enseñanza sin estudio se vacía de cultura; la actividad sin contemplación se vuelve ruido. Recuperar el tiempo largo, el libro abierto, la sala de profesores como espacio de pensamiento no es un gesto reaccionario, sino un acto de resistencia frente a la psicopolítica del rendimiento.

Solo allí donde el docente puede desaparecer un poco —del móvil, de la red, de la exigencia de mostrarse— puede reaparecer como figura cultural. Enseñar no es producir imágenes, sino custodiar sentido. Y el sentido, como el jardín, solo crece despacio, con demora, bajo el cuidado de sí y de los otros, como Hogar de la Cultura.

Bibliografía

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio (A. Saratxaga Arregi, Trad.). Herder.

Han, B.-C. (2019). Loa a la tierra: Un viaje al jardín (A. Ciria, Trad.). Herder.

Han, B.-C. (2021). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (A. Bergés, Trad.; 2.ª ed.). Herder.

Han, B.-C. (2023). Vida contemplativa: Elogio de la inactividad. Taurus.