Miquel Amorós

La utilidad de lo inútil: el derecho y el deber de estudiar por amor al saber

“Todo necio confunde valor y precio.”

Antonio Machado. Poeta.

“Proverbios y Cantares”, incluidos en «Campos de Castilla«.

Vivimos tiempos inciertos, tiempos de la postverdad, una vez superada la Postmodernidad, si alguna vez existió algo como eso. El joven que elige sus estudios universitarios ya no se pregunta, como los griegos, qué tipo de vida merece ser vivida, a qué campo del conocimiento le mueve la curiosidad intelectual, sino cuánto dinero cree merecer obtener al final de su vida laboral. El cultivo del conocimiento como una deseable forma de vida cede el paso al frío cálculo econométrico: lo deseable no es el ejercicio romántico de una profesión porque ésta se presenta a modo de utopía factible, tampoco el realizar(se) virtuosamente en esa artesanía elegida por mera vocación. Lo importante es únicamente el producto final amonedable: el sueldo deseado como único horizonte vital, útil a su vez para comprar tal vez segunda residencia, coche de gama alta, perro por supuesto de raza, todo ello, naturalmente, instagramable.

La elección del grado parece haberse reducido a una fría operación aritmética: salario esperado, tasa de empleabilidad, inversión económica en grado y, por supuesto, máster, retorno económico. La Universidad —esa institución que alguna vez fue morada del Espíritu, hoy degenerada a mera inductria cultural, parque temático o container cultural— ha sido lentamente arrastrada hacia el ruido utilitario del mercado. La cultura se desvanece y queda el cálculo; el deseo de comprender se apaga y queda la expectativa de ganar. El saber ya no ilumina la existencia: se compra como el amor comprado, se prostituye, en suma.

Aristóteles recordaba que todo ser humano se dirige por naturaleza hacia el saber, pero distinguía con precisión los bienes nobles de los meramente útiles (Aristóteles, 2001). Cuando los medios se confunden con los fines, la arquitectura moral de la vida se viene abajo. Hoy, la utilidad económica se ha erigido como criterio supremo, cuando no el único, como si el hombre fuera únicamente un instrumento para producir riqueza. La educación se reduce entonces a fábrica de competencias, y el Espíritu a engranaje. Lo que no “sirve” para ganar dinero es declarado superfluo, inútil. Y sin embargo —como intuía Kant— el ser humano no debería tener precio, sino dignidad; pertenece al ámbito de los fines y no de los medios (Kant, 2005). Si el hombre es fin en sí mismo, también lo es el saber que lo eleva hacia su cota de humanidad más alta.

Platón ya intuía el peligro de una educación concebida como simple adiestramiento, tal era el plan de estudios de sus enemigos, los sofistas. Educar no es llenar un recipiente, sino orientar todo el alma hacia la Luz emanada de la idea de Bien, de la Divinidad (Platón, 2003). La actualidad parece haber olvidado esa tarea luminosa, esa iluminación ilustrada, que únicamente proporciona la entrega total al Saber. Programas, agendas internacionales como la del 2030, planes de convergencia universitaria como Bolonia, terminan envolviendo el conocimiento en una retórica de “competencias”, “empleabilidad”, “eficiencia productiva”. La Universidad deja de ser templo de cultura para convertirse en sucursal del mercado global, en sucursal de la sucursal bancaria que financia mediante préstamo unos estudios teóricamente públicos. El pensamiento libre degenera cuando debe justificarse únicamente por su rentabilidad, su utilidad, su empleabilidad…

Pero la vida humana es más amplia y más vulnerable que la lógica económica. Hume supo reconocer que no somos criaturas puramente racionales sometidas al cálculo, sino seres atravesados por pasiones, por experiencias frágiles, por sentidos que ninguna estadística puede medir (Hume, 2003). Nietzsche denunció con fuerza la moral esclava del utilitarismo y la amenaza de una humanidad sin espíritu, disciplinada para producir pero incapaz de crear valores, o simplemente capaz de crear dionisíacamente lo hasta entonces improbable o imposible (Nietzsche, 2000). ¿Qué queda de nosotros cuando ya no pensamos, cuando ya no soñamos, cuando ya no somos capaces de aspirar a una vida contemplativa?

El Romanticismo alemán percibió ese peligro con una sensibilidad casi profética. Schiller defendía que sólo quien juega como niño, quien crea, quien se abre a lo inútil, alcanza la plena libertad interior (Schiller, 1990). Schelling veía en el arte y en la cultura no adornos superfluos, sino fuerzas que reconcilian al hombre con el mundo, con la Naturaleza (Schelling, 1989). Allí donde sólo impera la utilidad, el alma se empobrece. Allí donde sólo vale lo rentable, lo humano degenera lentamente.

Incluso las corrientes liberales clásicas habían entendido que educar no consiste simplemente en preparar trabajadores. Mill defendía la libertad intelectual como el más alto ejercicio de la individualidad (Mill, 2001). Locke sabía que formar al hombre era formar su juicio, su sensibilidad moral, su capacidad crítica (Locke, 1999). Todo ello parece hoy subordinado a la obsesión por los ingresos futuros. Nos enorgullecemos de preparar profesionales altamente cualificados y olvidamos preguntarnos si también estamos formando seres humanos dignos, conscientes, capaces de vivir con sentido.

En nuestro tiempo, Nuccio Ordine ha nombrado con claridad esta paradoja: aquello que se declara “inútil” —la Filosofía, la Literatura, las Humanidades— es precisamente lo que sostiene en secreto la posibilidad misma de Humanidad (Ordine, 2013). Lo inútil es lo que nos enseña a amar, a pensar, a sufrir con dignidad, a interrogar el mal, a comprender la belleza, a resistir frente a la barbarie, frente a los nacionalismos, contra los totalitarismos. La Filosofía no da dinero, pero proporciona sentido existencial al mundo. Las Letras no producen beneficios inmediatos, pero producen horizontes inetelectuales. Y sin horizontes, ¿hacia dónde camina el progreso, si tal cosa existe fuera de la cosa técnica?

No se trata de despreciar la dimensión práctica de la vida. El hombre necesita trabajar, vivir dignamente, sostener su existencia material. El problema surge cuando esa esfera ocupa todo, cuando devora la dimensión espiritual y simbólica. Descartes recordaba que el hombre es también res cogitans, pensamiento y conciencia, no mera máquina extensiva (Descartes, 2004). Si olvidamos esa dimensión, quizás ganemos más salario, pero perderemos profundidad espiritual.

La Universidad debería volver a ser espacio de libertad, de riesgo intelectual, de creación de sentido. Debería recordar que su función no es sólo preparar para el mercado, debería dejar de ser una formación profesional al servicio de la empleabilidad, para custodiar lo que el mercado no debería poder comprar: la Verdad, la Belleza, el Bien, la Justicia, la duda crítica, la dignidad humana del pensamiento. Defender la utilidad de lo inútil no es una jeremiada nostálgica o romántica, sino un acto consciente de responsabilidad histórica, un acto rebelde de disidencia resistente. Porque una sociedad que desprecia el pensamiento o el conocimiento terminará siendo dirigida por aquello que no piensa verdaderamente: nada será más eficaz, rentable y obediente al Sistema que la IA, quien realizará el trabajo infinitamente mejor que aquellos que vendieron su alma a ese Sistema, y por mucho menos de esos 60000 al año que constituyeron el sueño incumplido por el que se hipotecaron en su totalidad, hasta perder cualquier atisbo de dignidad.

Y quizá entonces comprendamos que estudiar Filosofía, Letras, Historia, Arte, no es vivir fuera de la realidad, sino habitarla de un modo más humano. Que el saber no es sólo un medio, sino un fin teleológico en sí mismo. Que el hombre que sólo sabe “ganar” termina por no vivir. Y que lo verdaderamente inútil no es aquello que no produce dinero, sino aquello que nos extirpa, extrayéndola vacía y exangüe, el Alma.

Bibliografía

Aristóteles. (2001). Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos.
Descartes, R. (2004). Meditaciones metafísicas. Madrid: Alianza Editorial.
Hume, D. (2003). Tratado de la naturaleza humana. Madrid: Tecnos.
Kant, I. (2005). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Madrid: Alianza Editorial.
Locke, J. (1999). Algunos pensamientos sobre la educación. Madrid: Alianza Editorial.
Mill, J. S. (2001). Sobre la libertad. Madrid: Alianza Editorial.
Nietzsche, F. (2000). La genealogía de la moral. Madrid: Alianza Editorial.
Ordine, N. (2013). La utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado.
Platón. (2003). La República. Madrid: Gredos.
Schiller, F. (1990). Cartas sobre la educación estética del hombre. Madrid: Tecnos.
Schelling, F. W. J. (1989). Sistema del idealismo trascendental. Madrid: Anthropos.