Miquel Amorós

1000 palabras siempre valdrán más que una imagen, y no lo afirmamos desde cerrada certeza sino partiendo de una palpitante sospecha, casi desde una incomodidad interior que acompaña este tiempo acompasado con una postverdad saturada de pantallas. Aquella vieja frase publicitaria según la cual una imagen vale más que mil palabras ha sido convertida en verdad absoluta, como si fuera una ley de la existencia, cuando en realidad nació para vender la presunta eficacia y productividad de los mass media. Pensamos, sin embargo, que cuando ese lema se transformó en criterio vital, algo se resintió en lo humano, algo perdió la intensidad de la densidad aúrea original (Benjamin, 2003). Platón ya lo intuyó cuando en la alegoría de la caverna mostró que las sombras podían pasar por realidad si olvidábamos que no eran más que proyecciones (Platón, 2000). Hoy, nuestras sombras resplandecen en alta definición y eso no las hace menos engañosas.
Nos gusta recordar aquellas creencias antiguas que sospechaban que la fotografía robaba el alma. Puede sonar a superstición, pero contiene verdad: cada vez que hacemos algo para la foto, Instagram, para la circulación pública y veloz, la experiencia se vacía, el vero sentido se pierde o disuelve. Byung-Chul Han describe esa obligación de mostrarse, esa transparencia que no libera sino que somete a la lógica del rendimiento y la exposición continua (Han, 2013; Han, 2014). Vivir deja de ser habitar la existencia y pasa a ser equivalente a producir contenido. Incluso en los centros de enseñanza esta presión se ha instalado: se invita a los docentes y discentes a convertirlo todo en imagen, en proyecto visible, en presencia constante en redes, cuando quizá la escuela debería ser uno de los lugares que preservan la intimidad del aprendizaje y la lentitud del pensar.
Pero no es sólo una cuestión de cansancio espiritual. La imagen puede engañar. Schopenhauer recordó que el mundo se nos da primero como representación, que todo lo que vemos ha pasado ya por un marco, por una selección (Schopenhauer, 2005). Nietzsche ahondó todavía más en la herida y afirmó que aquello que llamamos verdad no es otra cosa que un conjunto de metáforas negligidas por la desmemoria (Nietzsche, 2007). ¿Cómo no desconfiar, entonces, de este imperio visual que se presenta como transparencia absoluta mientras oculta el artificio de sus encuadres, sus algoritmos, sus intereses económicos?
Por eso defendemos el anonimato como gesto ético y estético. Aristóteles pensó la acción humana vinculada a la virtud interna y no al espectáculo público (Aristóteles, 2002), y nos preguntamos qué queda de esa interioridad cuando la vida entera se convierte en escenario. Hoy parecería que no existir es no mostrarse, que carece de valor aquello que no circula, que no se mide, que no recibe likes. Frente a ello, preservar la privacidad de la imagen es una forma de dignidad, una negativa a ser reducido a mercancía de datos, un no rotundo a la captura y apropiación corporativa del rostro y del gesto. El anonimato no es cobardía, es una forma necesaria de resistencia.
En este sentido recordamos también a Perejaume y su insistencia en que toda obra necesita una semilla de gravedad, un retirarse, un ocultarse para ganar profundidad, para esencialmente ser. Lo mismo sucede con la vida: sin sombra no hay hondura; sin refugio no hay crecimiento verdadero. La exposición constante adelgaza la experiencia, la vuelve tan ligera como desechable, sometida a la presión digital evanescente del scroll. Kant lo recordó desde otro lugar cuando advirtió que no accedemos a las cosas en sí, sino a fenómenos mediados por nuestras formas de conocer (Kant, 2009). Toda imagen debería llevar, por tanto, una humilde conciencia de límite, y sin embargo las imágenes digitales parecen reclamar una autoridad totalitaria. Existe una forma de totalitarismo inanalizada en la obligación social del mostrar(se) en la feria de las vanidades, es decir, en las redes sociales.
Y siempre, frente al ruido, el silencio. Wittgenstein escribió que de lo que no puede hablarse, hay que callar (Wittgenstein, 2003). Ese silencio no es vacío sino espacio de posibilidad de sentido, de ética, de cuidado e incluso de consuelo ante la intemperancia del escaparate infinito. Frente al ruido incesante de las imágenes y los discursos simples que las acompañan, el silencio se presenta como el lugar de la responsabilidad y, por ende, de la Libertad. En un mundo que nos pide continuamente aparecer, nos parece urgente defender el derecho a desaparecer, a no figurar, a cuidar una distante utopía resistente a la aquilatadora mirada del mercado, al mercadeo de lo que debiera ser inasible.
Siento además que esta defensa de la palabra no es mera nostalgia del Mundo Antiguo, del Mundo Ausente, sino apuesta por otra temporalidad posible, más humana. Las palabras piden hospitalidad, reclaman tiempo para ser escuchadas, requieren de la atención, atención enhebrada al cuidado, a la duda que se piensa, a la afección del sentir. La imagen, en cambio, parece exigir rapidez, consumo inmediato, ver, que no observar, y pasar a la intrahistoria de la Nada. Y cuando esa lógica se instala en la infancia y en la juventud, cuando la escuela misma legitima la intemperancia del clic y la necesidad del mostrar(se), algo se fractura silenciosamente: tal ver la posibilidad del cultivo de la mismísima esencialidad humana. El aprendizaje deja de ser búsqueda y se convierte en actuación o simulacro. El conocimiento deja de ser experiencia de crecimiento interior y pasa a ser superficial publicitación vacua. Preferimos, sin embargo, una pedagogía que no tema la penumbra, que valore el trabajo invisible, que permita equivocarse sin convertir cada error en contenido. Preferimos aulas donde no todo deba publicarse, donde todavía haya lugar para lo que no quiere ser mostrado. Porque solo allí, en ese espacio enajenado del espectáculo, la palabra puede respirar, y con ella puede transpirar también la vida en una queda fotosíntesis filosófica productora del alimento espiritual, el pensamiento.
Sé que esta posición puede parecer extraña en un mundo que celebra la (in)comunicación permanente, pero quizá la comunicación no consiste solo en hacer ruido, sino en cuidar lo que merece ser dicho, sólo si ha de ser más bello que el silencio. Tal vez la verdadera comunidad nazca no de la visibilidad forzada, sino del reconocimiento discreto, de esa cercanía personal que no necesita de la demostración pública para la foto.
Y así, entre palabras que piensan y silencios que sostienen, podría ser posible una existencia menos sometida, menos fotogramática, menos obediente a una geometría del dispositivo del escaparate. Creemos que ahí se juega una forma de dignidad, una forma de cuidado de uno mismo y de los otros, una forma humilde pero firme de libertad. Todavía confiamos en eso. Tal vez mil palabras, con su lentitud, su torpeza fecunda, su capacidad infinita de matizar, sigan valiendo más que una imagen que se agota al instante y desaparece en la desmemoria que acompaña a la indisimulada frialdad de la técnica. Y acaso nuestra tarea, también en la educación, consista en proteger esa posibilidad de palabra junto a la factibilidad del silencio, para que todavía pueda existir la posibilidad de crecimiento del alma, de la conquista del conocimiento, del amor. Y de la verdadera filosofía, que quizás no sea nada más que una perenne pedagogía, que precisa, sobre todo, de una fecunda relación con la duración (Bergson, 2010) del tiempo.
[Breve ensayo, de aproximadamente 1000 palabras, escrito en Badalona, el 20 de diciembre de 2021]
Notas:
Aristóteles. (2002). Ética a Nicómaco (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos.
Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (J. Aguirre, Trad.). Taurus.
(Obra original publicada en 1936)
Bergson, H. (2010). Materia y memoria. Ensayo sobre la relación del cuerpo con el espíritu. Buenos Aires, Cactus.
Han, B.-C. (2013). La sociedad de la transparencia (R. Gabás, Trad.). Herder.
Han, B.-C. (2014). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder.
Kant, I. (2009). Crítica de la razón pura (P. Ribas, Trad.). Alfaguara. (Obra original publicada en 1781).
Nietzsche, F. (2007). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (A. Sánchez Pascual, Trad.). Tecnos.
Platón. (2000). La República (C. Eggers Lan, Trad.). Gredos.
Schopenhauer, A. (2005). El mundo como voluntad y representación (P. López de Santa María, Trad.). Trotta.
Wittgenstein, L. (2003). Tractatus logico-philosophicus (J. Muñoz & I. Reguera, Trads.). Alianza.
